• This is slide 1 description. Go to Edit HTML of your blogger blog. Find these sentences. You can replace these sentences with your own words.
  • This is slide 2 description. Go to Edit HTML of your blogger blog. Find these sentences. You can replace these sentences with your own words.
  • This is slide 3 description. Go to Edit HTML of your blogger blog. Find these sentences. You can replace these sentences with your own words.
  • This is slide 4 description. Go to Edit HTML of your blogger blog. Find these sentences. You can replace these sentences with your own words.
  • This is slide 5 description. Go to Edit HTML of your blogger blog. Find these sentences. You can replace these sentences with your own words.

viernes, 15 de enero de 2021

domingo, 20 de septiembre de 2020

El cachorro Lainez: Un relato bélico de ciencia(?)—ficción(?)

Nota a los lectores:

El relato que se disponen a leer ha sido concebido sin el menor atisbo de intención política, ideología o mensaje encubierto: se corresponde, única y exclusivamente, al delirio de su autor. El contexto, que puede provocar incomodidad al anclarse en uno de los capítulos más tristes de la historia reciente de España, no sirve de otra cosa que de atrezzo. Creo, humildemente, que ha pasado el tiempo suficiente como para que podamos echar la vista hacia los años de la Guerra Civil Española y utilizarlos para crear un escenario, sin necesidad de tener que buscar ningún tipo de mensaje subliminal, bandos o partidismos. De igual modo, el lenguaje ordinario no busca otra cosa que acercar al lector al ambiente poco cultivado de aquella España, más en un escenario de guerra.

Si en el ejercicio, por parte de este inexperto autor, de tratar de no levantar ninguna ampolla, no lograse mi objetivo, pido disculpas por adelantado.

Cualquier parecido con la realidad, como dijo el loco, es pura coincidencia.

***

A la atención del corresponsal español en el diario Le Monde en París, con fecha 13 de Septiembre de 1944.

Estimado letrado,

tengo a bien escribir a vuestra merced esta carta, con la única intención de dar luz a los hechos que viví hace tan solo siete años, y que espero puedan servir de ayuda en el devenir de la guerra, más ahora que el enemigo ha cruzado las puertas y comienza a ponerse cómodo. Aún hay esperanza. Siempre la hay o, al menos, eso es lo que dicen, y si usted pudiera poner en conocimiento de los altos mandos del ejército aliado la pesadilla que mis ojos vieron y que mi mente no logra olvidar, es posible que las muertes de mis compañeros no fueran en vano. Que Dios los guarde en su gloria, sobre todo al gilipollas de Bonilla, estén donde estén.

Aclaro que no sé escribir correctamente, ni fuerzas tengo. El puño me lo presta, como buenamente puede, la hija de mis vecinos. La pequeña Clotilde, que chapurrea, con la soltura de Garcilaso, la lengua de Cervantes, traduce y transcribe mientras yo me centro, tratando de ignorar el dolor, en revivir aquel oscuro pasaje.

Disculpe el desorden, no me he presentado. Me llamo Martín Novella y fui, por breve plazo, Cabo del exangüe Ejército Popular de la República de España. Desde 1948 me encuentro exiliado aquí, en Francia. La tuberculosis que contraje al poco de llegar ha empeorado y siento que me queda muy poco de vida. No lo siento, lo sé.

Cuando los nazis entraron en París, supe también que había llegado el momento de vencer al miedo y a la vergüenza de ser considerado un mentiroso o un mequetrefe, y dejar, de una vez, el legado que mi pequeño destacamento vivió en las afueras de Guadalajara en el año de gracia de 1937. Seguramente no esté aquí para poder ver la reacción que ha despertado, pero espero que estas letras sean tomadas con la misma seriedad con la que las dicto y que sirvan para hacer frente a esos puercos alemanes antes de que tomen Inglaterra. Si eso llega, que Dios os coja confesados porque yo no estaré ya aquí para verlo.

Tenía yo veinticuatro primaveras el día en el que me subieron a un camión en Madrid rumbo al frente. Tampoco es que hubiera tenido mucha elección: al que no subía le ponían una pistola en el cogote. He leído que los republicanos eran crueles. Tan crueles o más que los fascistas, ya se sabe eso de que la historia la escriben los vencedores, pero la verdad es que yo no vi que le pegaran nunca un tiro a nadie. También es cierto, que todos los que tenían la fortuna de toparse con mi camión acabaron dentro. Mejor un camión y una promesa de cantar veinte en bastos, que un tiro y arrastrar con un tres antes de tiempo: no había que ser ningún hacha al tute para escoger la mejor mano con unas cartas de mierda.

Madrid aguantaba, o eso era lo que creíamos, así que en ese momento lo que primaba para los estrategas del ejército rojo era hacer frente a los espaguetis del CTV que les estaban dando por culo en Brihuega. ¿Nos estaban dando? En aquel momento a mí no me daba por culo nadie, la verdad. Antes de subirme al camión, yo no era más que un simple empleado en Girod y lo más peligroso que había hecho había sido arreglar relojes. Pero esto tampoco viene muy al caso. La cosa es que, rodeado de cenutrios, en menos de una semana en la que se nos formó a los que no teníamos experiencia alguna en materia de guerra, debí destacar lo suficiente para que algún inconsciente decidiera nombrarme Cabo. La verdad es que aquella decisión, que me pareció en aquel momento tan ridícula como desafortunada, acabaría, sin llegar a imaginarlo entonces, salvándome la vida.

Como ya he dicho, la necesidad era grande, pero no hasta el punto de mandarnos a freír espaguetis a los que no sabíamos ni apretar un gatillo. Quién sabe qué habría sucedido de haber tenido yo, o mis compañeros, alguna experiencia. No sé si alguno de ellos viviría, pero quizás hubieran encontrado una muerte más amable.

El hecho es que, al no haber partido con el primer pelotón que se formó al día siguiente de llegar al campamento, los que quedamos allí fuimos separados en grupos. Dormíamos juntos, practicábamos juntos y hasta cagábamos juntos por orden directa del Brigada al mando, que el Sargento del pequeño destacamento se encargaba de ejecutar. La idea del Brigada Castro, encargado de nuestro entrenamiento y del de los otros pocos grupos que habían quedado atrás, consistía en generar, a marchas forzadas, el lazo de sangre que une a los hermanos de armas en combate y que puede marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso que, en ese triste escenario, supone la diferencia entre la vida y la muerte.

Tengo mis serias de dudas de si el lazo que creamos llegó a ser de sangre o no, a pesar de que sangre hubiera por un tubo, pero de lo que doy fe es de que acabamos tan hasta las pelotas del entrenamiento en los dos primeros días que, a fuerza de insultar a los superiores, todos allí acabamos simpatizando. Y es que, después de unos pocos años fuera y de haber tratado con gente de muchos países, me doy cuenta de que lo que cimenta las relaciones de mi querida patria, no es otra cosa que el insulto. Ya quisieran los gabachos insultar como nosotros.

Ya he hablado del Brigada Castro, un buen cabrón de los de antes, con un bigote que empezaba a enseñar alguna que otra cana y que tenía más mala leche que todos nosotros juntos. El equipo, estaba formado por el Sargento Bonilla, yo como Cabo y tres soldados. Ernesto Bonilla, un huevón que debía haber tenido la misma suerte que yo, pero dos veces, tenía menos luces que una fábrica de velas inundada. Resultaba bastante increíble que gente tan sumamente lerda pudiera tener a otros al cargo, pero así es la guerra, supongo. Sería impensable que eso pasara en una empresa. Igual por eso nos ganaron los golpistas, por no ascender a cenutrios, pero qué sé yo que cada día sé menos. Los soldados eran los hermanos Lendínez, Paco y Ramón, dos mozos de dieciocho y diecinueve años a los que distinguíamos llamando Canuto y Ramoncho. Por último, Julián Pedraza, un hombre de bien, de los de antes, que aparte de asustadizo era más beato que Santa Teresa de Jesús. Y cuando digo asustadizo, no digo que el tipo fuera precavido o poco arriesgado, es que era el más cagón de la base. Igual empatado con Bonilla, aunque el Sargento fuera otro tipo de cagón. El caso es que pasados esos dos primeros días, cuando no insultábamos al Brigada o a los Alferez que venían de paso, las burlas iban hacia Pedraza y a los grititos que se le escapaban cada vez que escuchaba un disparo, viniera de quien viniera, como los de una viuda a la que se le escapa un pedo en misa. Vivimos esos días descojonados hasta que Bonilla nos advirtiera de que igual no era tan divertido estar escondidos detrás de una mata con un pelotón al lado y que un “gritito de vieja” nos sentenciara. A partir de ese momento cambiamos las risas por collejas y, aunque nunca en la vida se me ha pasado por la cabeza ser profesor, creo que no lo hubiera hecho nada mal, ya que cuando acabó la semana, con mi método, Pedraza había cambiado sus gritos por una cara de pardillo con los ojos cerrados. Buen cambio.

Al acabar la semana, las noticias que venían del frente no eran ni mucho menos halagüeñas. De una manera inexplicable para los altos mandos, las tropas del maldito CTV no terminaban de caer a pesar de estar completamente superadas en número. Si bien las razones no eran claras, el rumor que corría en el campamento era que Esteban Lainez, el “cachorro Lainez”, los mantenía firmes y con la moral en alto. Esa fue la primera vez que escuché su puto nombre, sin saber entonces que ni era cachorro, ni era Lainez, pero no quiero adelantarme. Como decía, el rumor se expandía y nada hay más peligroso en plena guerra que un rumor que inyecta miedo en las tropas. El cachorro, del que algunos soldados que decían haberlo visto hablaban como del mismísimo Hércules reencarnado, era, supuestamente, el responsable de que el ejército rojo no lograse recuperar completamente el cinturón de Guadalajara que protegía Madrid. “El cachorro ha matado a diez más”. “El cachorro se ha comido las vísceras del Capitán”. “El cachorro vuela”. El cachorro su puta madre esto, el cachorro su puta madre aquello… en el campamento no se escuchaba otra cosa ni se respiraba nada aparte de ese pavor a aquel soldado que parecía un mito. La inconsciencia de nuestra pequeña familia hizo que empezáramos a mofarnos del cachorro y, lo que empezó como una broma nuestra, acabó extendiéndose entre la milicia de manera que, sin darnos cuenta, estábamos contribuyendo a devolver el coraje a la base. Aquello, muy desafortunadamente, terminó llegando a oídos de los altos mandos que vieron en nuestras bromas un acto de gallardía sin igual, y junto con la mala suerte que se unió a nuestro destacamento desde ese momento hasta el final, se iba a sellar nuestro trágico destino. La orden iba a llegar la mañana del decimotercer día, que para más huevos era Martes y, como hoy, también era trece. Si hubiéramos escuchado a Pedraza…

Intentaré, desde este momento, viajar a ese terrible momento y reproducir las conversaciones que sucedieron con todo el rigor que mi mala memoria me permita, aunque, inexplicablemente, aquellas infaustas horas y las palabras vertidas se mantengan frescas en mi memoria, imborrables por más que le haya pedido cientos de veces al altísimo que me conceda el deseo de prenderles fuego para siempre.

—Cabo Novella, ¡al orden! ¡Traiga a las tropas para discutir nuestras nuevas órdenes!

—Bonilla, no seas imbécil que ya ves que estamos todos aquí.

El que hablaba con aquel descaro no era otro que Ramoncho, que por muy soldado que fuera frente a un Sargento, sabía que Bonilla, aparte de lerdo, no tenía ni media hostia y su sola presencia lo acojonaba. Y Ramoncho, que además de bromista era un poco cabrón, se aprovechaba de eso para vacilarlo todo lo que podía, siempre que no hubiera ningún superior cerca.

—Bonilla, no me jodas con formalismos —dije yo, que después de trece días me había ya olvidado de tener que ir a ningún frente y el puto Bonilla nos acababa de volver a traer ese miedo con una sola frase.

—Nuevas órdenes de arriba —insistió con su mirada lela.

—De arriba de qué —respondió Ramoncho, en otro intento por seguir tocándole los huevos.

—De arriba.

Desde luego, Bonilla podía tener alguna virtud. Mi madre, que en paz descanse siempre lo decía:

“Martincito, bonito, todas las personas tienen algo especial. Igual que tú te entiendes tan bien con los animales, otras personas tienen otras cualidades. Todo el mundo tiene alguna, hasta el más simple: solo hay que saber encontrarla”.

Yo nunca dudé de la sabiduría de mi madre, ni pensaba empezar a hacerlo entonces, lo único que digo es que si el mamón de Bonilla tenía alguna virtud, se la había escondido en el culo.

—Entiendo, Bonilla, que de arriba es de encima de Castro —dije para ayudarle. El tío era tan lerdo que hablar con él suponía el doble esfuerzo de hablar tu parte y de tener que sacarle la suya casi a hostias.

Cuando pensaba que íbamos a pasar las próximas tres horas intentando hacer desembuchar a Bonilla cuatro frases, el Brigada Castro de un golpe en la lona, se metió dentro de la tienda trayendo consigo el silencio. El tío infundía respeto solo con el aire que hacía bailar los pelillos de la nariz que se camuflaban con su bigote.

—Equipo, ¡descansen! —dijo y miró a Ramoncho, como si lo estuviera tentando a hacer alguna broma que Bonilla debía haberle chivado. Ramoncho, que podía ser muchas cosas, pero que no era gilipollas, calló como una puta—. Traigo muy buenas noticias para vosotros. Es idea del comandante Lacalle, así que podéis sentiros orgullosos.

Mencionar a Lacalle, que era el alto mando que controlaba nuestro campamento, eran palabras mayores. Orgullosos, un poco, pero sobre todo allí lo que empezábamos a estar era un poco cagados. A fin de cuentas, no éramos más que cinco paletos sin formación militar.

—Lo que habéis conseguido con el cachorro… —dijo el tipo mientras sacaba la primera sonrisa que yo era capaz de verle desde que llegase hacía casi dos semanas—. Ole vuestros cojones. Hasta que habéis llegado vosotros aquí solo se podía oler la mierda del culo de todos los soldados cada vez que se mencionaba al puto cachorro. Y como es decir cachorro y la gente sigue acojonada, Lacalle ha tenido la brillante idea de asignaros una misión solo a la altura de los más grandes.

—Mi señor, las órdenes de Lacalle, o las órdenes del Brigada Castro, que es usted aquí presente, son nuestr…

—Bonilla, cierra la puta boca y no toques los cojones, coño —dijo el hombre al que se le vio hacer un gran esfuerzo por mantener la jovialidad tras aquella inoportuna interrupción—. Vosotros no vais al frente.

La inconsciencia: esa puñetera compañera que es capaz de hacerte disfrutar durante los breves segundos después de evitar pisar un charco justo antes de meter el pie en la mierda que hay al lado. La inconsciencia, sí. La que nos estaba haciendo reír y mirarnos los unos a los otros por no tener que ir al frente cuando el Brigada todavía no había explicado por qué. Y el porqué, vino como esa mierda junto al charco, un segundo después, con la sonrisa boba todavía en la boca.

—Vosotros tenéis la misión de matar al cachorro y de traernos su cabeza. Como ha dicho Lacalle, debéis de tener los cojones bien puestos y aquí nos hace mucha falta gente como vosotros. Si conseguís acabar con él, es posible que le demos el vuelco definitivo a esto y logremos de una puta vez recuperar Brihuega.

—E e e e e el el el, el ca, elca, elcach, elcachoorr, ¿el caa a chorro, señooor? —dijo Bonilla, que tartamudeaba más que once viejas cuando se ponía nervioso.

—El cachorro, Bonilla, el cachorro. El puto cachorro Lainez, que nos lleva dando por culo desde hace un mes. Antes de que llegara aquí no moría nadie y ahora caemos como putas moscas. El ca ca ca cachorro Bo Bo Bonilla, ¡copón! —dijo tirándole una colleja que casi le salta las pestañas—. A ver si así se te pasa la tontería —dijo mientras me miraba el pecho, entendiendo que al bueno de Bonilla iba a haber que echarle una mano.

—Tú, Cabo —dijo clavando los ojos en mí.

—Sus órdenes mi…

—Calla, ¡joder! ¿No me serás otro puto Bonilla? ¿Es que no son capaces de traer a nada más que a jodidos capullos a esta base?

—No, señor, no soy un Bonilla —respondí con entereza mientras fijaba la vista en el horizonte y me preparaba internamente para una colleja marca de la casa.

—Bien —respondió más calmado sin soltar el brazo—. Lo único tengo para vosotros es una palabra.

—¿Empieza por te, ten, te, tene…?

—Bonilla, ¿en serio? —dijo el hombre al que la mala leche empezaba a transformársele en frustración—. Tu lo que quieres es que te de una hostia ¿Es eso?

—No señor.

—Pues cierra el puto pico. La palabra es “Lykanthrop”. Abrirá las puertas correctas —respiró con algo de suspense antes de seguir con aquel tono enigmático—, y también algunas que no lo son. Empleadla con cuidado —advirtió con seriedad.

—¿Puede darnos algún detalle más? —pregunté sin mucha esperanza.

—No sabemos lo que significa. La hemos interceptado en varias comunicaciones. Es el término alemán para licántropo.

Bonilla, que debía estar forzando la máquina a todo gas, estuvo a punto de babear ante una situación que, claramente, lo superaba.

—Nuestros expertos —dijo mirando a Bonilla con una condescendencia que rozaba la colleja gratuita—, nos dicen que eso significa “hombre lobo”, pero el significado no importa. Lo que importa es que quizás os sirva en algún momento de la expedición. Y, hablando de eso, preparaos porque salís ya.

—¿Ya? —dijo Bonilla, que debía ser el único que no entendía lo cerca que estaba de que Castro le volviera a calentar la nuca.

—Ya, Bonilla. Ya de ya. Hacéis el petate y salís. Estamos hasta los cojones de esto y hacemos falta en Madrid. Y, miradme a los ojos —dijo antes de abandonar la tienda con un tono y una cara que recuperaban al Castro hijo de puta y enterraban aquel espejismo de amabilidad—, como me entere yo de que habéis huido, como me entere yo de que no habéis tenido cojones de acabar con el puto cachorro… ¡Me cago en mi puta madre os juro que os busco donde quiera que estéis y os muelo a hostias! ¡Como si os escondéis entre las piernas del maricón del “cerillita”, os saco de allí a hostias!

Así, farfullando y destilando su típica mala baba, desapareció el Brigada Castro, al que no volvería a ver nunca más. Armamos nuestros petates en menos de quince minutos y en veinte estábamos fuera de la base, camino de la zona de conflicto donde, según nuestros espías, debía encontrarse el cachorro. La idea de armar un escuadrón suicida era tan absurda como destinada a fallar, aunque las situaciones desesperadas llevan a tomar medidas desesperadas y estoy seguro de que el gran Comandante Lacalle no consideraba al cachorro una de sus prioridades. Pero así funciona la vida y, al igual que la vida, el ejército: alguien dice algo a alguien que se lo dice a otro que tiene una idea y, de la manera más estúpida, un relojero, dos hermanos jornaleros, un panadero y Bonilla, que si tenía profesión, aparte de idiota a sueldo, nadie conocía, nos encaminamos a acabar con el soldado enemigo que estaba poniendo en jaque a todo un ejército.

La primera noche nos pilló a medio camino entre Malacuera y Brihuega, donde tampoco teníamos intención de ir, ya que en ese momento la ciudad estaba todavía tomada y cinco capullos como nosotros tan solo podíamos servir como prácticas de tiro para las primeras barricadas. Nuestro destino era otro: el cauce del Tajuña, por donde el cachorro se movía infligiendo el mayor daño según los informes. Antes de echarnos a dormir en base a los turnos que habíamos echado a suertes, aprovechamos que Bonilla había ido a cagar para dejar clara la situación. Ramoncho, que era el más avispado, me respetaba bastante y sabía que, por muy Cabo que dijera mi solapa, antes que Cabo era sensato y no pretendía imponer ninguna jerarquía estúpida. El objetivo estaba claro y no era otro que volver con vida. Si matábamos a alguien, bien. Si ese alguien era el cachorro, mejor. Pero nadie allí, a excepción seguramente de Bonilla, dudaba de que aquella misión no tenía sentido y que las probabilidades, no ya de encontrarlo y de matarlo, sino de poder probarlo ante los superiores, eran inexistentes. Un sentido del deber… a quién pretendo engañar, el puro instinto de supervivencia nos obligaba a hacer el paripé de intentarlo, porque, aunque existía la posibilidad de que una bala enemiga acabara con nosotros, la única alternativa era la certeza de que una amiga sí lo haría en caso de que los superiores se enterasen de que no habíamos hecho nada por cumplir nuestra misión.

Tampoco íbamos a tener mucho tiempo para darle vueltas, porque a la mañana siguiente iba a empezar la acción. Recuerdo que a pesar de hacer un frío de pelotas, el ruido de un pequeño destacamento nos calentó rápido. Bonilla, que cagaba lo menos tres veces al día, estaba otra vez al lío cuando una pequeña tropa de diez soldados italianos lo sorprendió detrás de la zarza en la que se había escondido. Con el culo al aire y los pantalones por las rodillas, comenzó a intentar cargar su fusil, con tan poca destreza, que provocó que los engominados soldados comenzaran a partirse de risa. Los italianos se arrancaron a decirle cosas, cada vez más descojonados, lo que hizo que, de una forma natural, llamasen nuestra atención. La estupidez, que es un idioma internacional y que Bonilla hablaba con extrema fluidez, le estaba dando unos minutos preciosos en aquella exhibición de gilipollez que le hubiera valido, no me cabe duda, la exención militar y una cartilla para cómico al servicio de la República. Aquel mendrugo nos salvó la vida en la que, probablemente, fue la acción más heroica de su vida.

Ramoncho, que no era manco ni tampoco le gustaba perder el tiempo, había afianzado con cuidado en ese absurdo lapso su ametralladora ligera rusa, y desde que disparó la primera bala, hasta que cayó el último italiano, no transcurrieron ni quince segundos. Al menos, aquellos pobres diablos se fueron al otro barrio partiéndose el culo. El doblemente afortunado Bonilla, por payaso y por no poder cagarse encima porque ya había descargado poco antes, salió rodando por el suelo, tropezando con sus propios pantalones, arrancándonos, entonces sí, la risa a todos nosotros.

Limpiamos a los paganinis en menos de lo que canta un gallo de toda su munición, algo de comida y una serie de papeles que parecían importantes. Lo que son las cosas, allí no sabíamos leer bien ni el tato, a excepción del buen Ernesto que, ya con los pantalones en su sitio, volvió a sentirse importante cuando le dijimos que nos dijera lo que ponía en esos papeles tan serios.

—Sh Es S s…

—Me cago en mi puta madre, Bonilla. No soy Castro, pero como nos tengas aquí una hora para leer esa mierda te voy a dar una colleja que te voy a poner las orejas del revés —dijo Ramoncho, que había dejado de lado su característico tono de broma, preocupado de que otro pelotón pudiera descubrirnos.

—S Es S Est Este ¡Stefan! ¡Co co co jones!

Si no el sentido común, el mando, o una buena combinación de ambas, se me habían hecho indispensables de pronto, por lo que, ignorando los balbuceos del Sargento, decidí tomar la iniciativa para poner al grupo a salvo.

—Vámonos de aquí. Bonilla: coge los papeles y ve cogiendo aire, no tenemos tiempo para mierdas, así que intenta tranquilizarte. ¡Todos! —dije alzando la voz para que me miraran—, si vais a escamotear algo más, es ahora o nunca. Tenemos que largarnos de aquí y en este llano de mierda hay poco sitio donde esconderse, así que más nos vale llegar al río cuanto antes. ¡En marcha!

Como mulas espoleadas por rama fresca, pusimos pies en polvorosa y llegamos a la vereda del Tajuña mucho antes de lo esperado. El secarral llano que nos dejaba completamente vendidos había dado paso a una cómplice frondosidad en la pudimos, por fin, sentirnos seguros. Inocentes de nosotros. Al hacer la primera parada, aprovechamos para volver a forzar la máquina de Bonilla, aún a riesgo de nuestra paciencia.

—Bonilla, toma un poco de agua —dije con la intención de relajarlo. El Sargento bebió con ganas con una expresión que seguía marcada por el estrés de la cagada matutina. Lo cierto es que siendo justos, no es que aquel hombre fuera un zote sin remedio, sino un tipo de buena familia que jamás se había tenido que enfrentar a nada. “Sin presión, el hombre no es capaz de dar nunca todo lo que tiene dentro”, o eso decía mi padre, que al igual que mi madre, no paraban de decir cosas que ahora recuerdo como si fueran el mismísimo refranero. En cualquier caso, el rumor del río, el viento fresco y las ramas altas que nos cubrían perfectamente, hicieron su efecto y el Sargento, mucho más relajado, cogió de nuevo los papeles entre hondas respiraciones que parecían la preparación previa a un discurso.

—Stefan Lainer, asunto “Lykanthrop“. Cualquier incidente relacionado con este soldado será directamente tratado con la intendencia y esta, a su vez, con el maestre del General sin necesidad de la aprobación intermedia. Se considerará, en cualquier circunstancia, un asunto de prioridad extrema bajo orden directa del general y del Führer.

Bonilla sacó una foto en la que aparecía el hombre más raro que jamás haya visto y cuyo reflejo sigue grabado a fuego en mi memoria. Con un cuerpo hercúleo, tal y como rezaban los rumores, aparecía el soldado Esteban Láinez, rifle al hombro y puro en mano. Esteban, Stefan, a nadie le importó ese detalle, y menos con lo que teníamos delante. Lo que llamaba la atención, por encima de cualquier otra cosa, era su cabeza deforme. Unas orejas más altas de lo normal, casi a la altura de la frente y ligeramente picudas, que ya de por sí eran una rareza, eran seguramente lo menos llamativo. Una nariz, que más que nariz parecía un hocico, se juntaba extrañamente con la boca en el punto por donde, dos largos colmillos se confundían casi con un bigote de largos que eran.

—¡Joder! ¡Menudo adefesio! —dijo Ramoncho rompiendo la tensión que aquella extraña imagen había generado.

—La hija de la campanera con la que te diste cuatro besos, no era mucho más guapa que…

Una colleja impidió a Canuto terminar la frase. La ocurrencia y la cara del hermano al que casi se le salen los ojos de las órbitas, terminó por arrancarnos unas necesarias risas, porque la imagen había dejado huella.

—Da igual que sea Imperio Argentina o Dolores la hija de la campanera, vamos a intentar cepillárnoslo como nos han ordenado porque, como no lo hagamos, nos van a meter un tiro por el culo. Por muy grande que tenga el brazo es un tío y nosotros somos cin…

—Bonilla está cagando otra vez, puedes decir cuatro, que no pasa nada —apuntó Pedraza ante la risa de los Lendínez sin que los hermanos comprendieran que el chico hablaba en serio.

—Bueno, pues digamos que somos cuatro y Bonilla, que a la mala puede hacer otra vez su baile con los huevos colgando y distraer al enemigo.

De nuevo las risas llenaron aquel arbusto y, sin saber cómo ni por qué, la conversación acabó, como tantas otras veces en los días de entrenamiento, en una sucesión de chistes de Canuto, que parecía saberse más de mil y que siempre era capaz de sorprender con uno nuevo. Estábamos pasándolo tan bien, que tuvo que ser el asustadizo Pedraza quien nos sacara del ambiente de broma para volver a meternos el miedo en el cuerpo.

—Bonilla se fue hace mucho tiempo.

La reacción fue instantánea, porque Bonilla era un cagón, pero lo suyo eran las cagadas de ratón y nunca tardaba más de tres minutos en regresar. Mientras me quitaba la cinta con la que cargaba el fusil al hombro, Ramoncho sacó su cuchillo. Con un dedo en la boca, le hizo un gesto a su hermano para que se callara. Canuto, que no se había enterado de la jugada, reaccionó con cara de susto, pero al final hizo lo propio con una faca que llevaba colgando en una funda en su cinto, dejándonos a medias con su prometedor chiste sobre un burro y un panal en un burdel. A día de hoy todavía me quema un poco no saber cómo terminaba aquella historia y juro por Dios que será lo primero que le pregunte a los Lendínez cuando me reuna con ellos allí arriba.

No hubo que ir muy lejos para encontrar la respuesta, aunque esta fuera tan macabra como inquietante: detrás de un seto a pocos metros, el cuerpo de Bonilla, que como por arte de magia se había quedado congelado en la posición de cuclillas, apareció ante nosotros. Lo jodido era que, donde tenía que estar su cabeza, no había nada salvo un charco de sangre. Pero más jodido era pensar que le habían arrancado la cabeza a nuestro lado sin hacer ni un solo ruido.

El pánico se desató en todos sin excepción, tal y cómo podía leerse en las caras de cada uno de nosotros, pálidas y con los ojos abiertos de par en par. Al menos, ninguno tuvo la insensatez, o, más bien, el cuerpo, para abrir la boca, por lo que en pleno silencio, volvimos al punto de partida.

—Es el cachorro. ¡El puto cachorro!

—¡Calla, canuto! ¡Hablad bajo, cojones! —dije en un intento por sembrar la cordura. Lo que conseguí con aquella reprimenda, sin necesidad de tener que mencionar nada, fue imponer el grado ya que después de Bonilla, el que llevaba la batuta debía ser yo. O eso era lo que decía el rango. Aunque claro, a mí el rango me importaba tres mierdas: lo que yo quería era sacarnos con vida de allí.

—Nos van a follar a todos… —interrumpió, en voz muy baja, el bueno de Pedraza mientras se santiguaba.

—Silencio. Bonilla, que en paz descanse —dije en un nuevo intento por sacar algo de arrojo de aquel grupo de acojonados, del cual, por supuesto, yo formaba parte—, ha hecho un último servicio y además, seamos positivos: tenemos al cachorro a tiro. Es a lo que hemos venido. Si cumplimos… pensadlo. Pensadlo por un momento, ¡joder! La puta gloria y adiós a la guerra para nosotros. Vamos a cazar a ese feto, se lo vamos a llevar al puto bigotes y nos van a poner una puta medalla. Así que nada de acojonarse. Somos cuatro valientes.

—¿Qué propones, Novella? —respondió Ramoncho, que ya había recuperado el color y al que mi plan debía de haberle convencido.

—Hacer como se hace con las alimañas: vamos a poner una trampa y vamos a cazar a ese hijo de la gran puta. Por Bonilla.

—Por Bonilla —repitieron todos a coro.

—¿Alguno habéis cazado algo en vuestra vida?

—Mi hermano y yo bastantes perdices… y algún que otro lebrato que se pusiera a tiro —respondió raudo Canuto. Pedraza negaba con la cabeza.

—Yo no he cazado jamás, pero de nada vale saber montar un cepo con la pieza que perseguimos —aclaré.

—Que nos persigue…

—Canuto, somos cuatro —dije de nuevo para que el miedo no volviera a recuperar el terreno perdido—. Si permanecemos con las orejas en alto, no va a pasarnos nada.

—Allí, mirad —dijo Ramoncho, que ya había transmutado en cazador.

Lo que nos señalaba, era una especie de pasillo que habían formado los árboles junto al cauce del río. Era tan estrecho como para que solo cupiera una persona, pero no lo suficiente como para que le resultara incómodo avanzar con la excepción del barro y los charcos que hacían de alfombra.

—Vamos a forzarlo a entrar ahí —prosiguió.

—Y lo molemos a tiros… —dijo Canuto con una sonrisa ilusionante.

—No. Podemos fallar, podemos no darle bien y no tumbarle… Tenemos que asegurarnos de que allí se queda y arrancarle la puta cabeza que es lo que nos han pedido. Por Bonilla.

—Por Bonilla —dijimos todos de nuevo, como si aquello fuera una boda y el Sargento el motivo de cada brindis.

Nos movimos formando un escudo, conscientes de que el cachorro podría estar cerca y, advertidos ahora de su sigilo, le iba a costar pillarnos por sorpresa como había hecho con el cagón de Bonilla. Entre una cosa y la otra, cuando quisimos darnos cuenta, la oscuridad se nos echó encima. Ese fue el momento en que Ramoncho había sugerido comenzar a desplegar la trampa, ya que, aunque nos tuviera fichados, aquel hijoputa no iba a ser capaz de ver lo que tramábamos entre tinieblas. El mayor de los Lendinez demostró unas aptitudes brillantes como ingeniero al explicarnos lo que tenía en mente: una barrera de pinchos que saldría disparada, como si fuera un resorte, desde detrás de un recodo tras el que quedaba oculta. El mecanismo se activaría de la manera más simple por medio de una contención con una cuerda. Cuando el cachorro pisara el enganche, la barrera lo ensartaría golpeándolo, además, con violencia contra la pared de roca, barro y raíces. La idea era excelente y, para todo aquello en lo que su poca experiencia fallaba, mis años en la casa de relojes hicieron el resto. Así, en cuanto oscureció, y sin separarnos un palmo, encendimos un pequeño fuego para poder ver, sin el miedo a revelar nuestra posición, que entendíamos ya completamente delatada.

El río nos daba los materiales para la base: muchas ramas fuertes, que cortamos en el mayor de los silencios. Mientras Canuto y Pedraza las convertían en afiladas picas, Ramoncho y yo montábamos el engranaje. Si aquella bestia estaba ahí fuera, sin duda oyó mucho movimiento, pero era imposible que supiera lo que nos traíamos entre manos. Durmiendo de a uno y en turnos, justo antes del alba logramos encajar aquella trampa mortal y dejarla preparada.

—Ya solo nos queda trazar el plan para meter aquí a ese cabrón —dijo Canuto mientras se tapaba la cara con los primeros rayos de sol.

—El plan está muy claro —dijo Ramoncho con energía—, ese feto sabe perfectamente dónde estamos, así que lo primero va a ser escondernos. Seguro que va a querer venir a ver por qué nos hemos pasado la noche haciendo ruido. Cuando enseñe el cogote, uno de nosotros entra en el redil.

—¿Redil? —dijo Pedraza que ya volvía a estar acojonado.

—Sí, al redil… ¡y a correr la vaquilla! A la altura de la marca —dijo señalando un canto blanco de gran tamaño en la pared—, un buen brinco y a seguir corriendo. Si ese cabrón va enciscado detrás, se comerá el pincho de lleno.

—¿Lo echamos a pies? —pregunté, asumiendo que nadie iba a ser tan loco como para ofrecerse voluntario. Me equivocaba.

—Yo lo haré —se lanzó Canuto con un tono heroico que no parecía suyo. Su hermano lo miraba entre orgulloso y asustado—. Soy el más rápido y no le tengo miedo y… —la frase a medias, conquistada por el silencio, y la cara de acojonado de Canuto que se había formado en un segundo, parecía que iban a acabar por volver a ponernos a todos en la ruleta suicida para escoger candidato. Estuve rápido para coronar aquel ofrecimiento con la frase emblema.

—¡Por el puto Bonilla! —dije alzando el fusil.

—¡Por Bonilla! — replicaron los demás, incluido Canuto.

El plan, que de simple que era parecía no tener fisuras, no había tenido en cuenta la mala suerte que nos iba a perseguir desde ese momento y que, probablemente, no nos había abandonado desde el momento en que el primero de nosotros empezó a bromear con aquella bestia provocando que nos eligieran para acabar con ella.

Encaramados en los árboles, todos salvo Canuto, que permanecía detrás de un gran tronco a ras de suelo, esperamos durante unas horas en las que los mosquitos se cebaron con nosotros. Cuando ya no me quedaba espacio en la nuca para más picaduras, Ramoncho, que estaba tumbado en una rama grande a dos palmos de mí, me avisó con un gesto. La cara blanca no necesitaba de más explicaciones. Desde su posición, tiró la colilla que llevaba baboseando un buen rato a la cabeza de su hermano que lo miró mientras asentía con bravura.

Ramoncho había tenido buena vista. Las ramas, que se movían de un modo que hacía imposible pensar que fuera por obra del viento, resguardaban la figura de un soldado que, a medida que se acercaba, parecía cada vez más gigantesco. Si no era el cachorro, tenía que ser familiar suyo. Con mis pequeños prismáticos le eché una buena visual. Lo que vi, a pesar de no entenderlo bien, me dejó el cuerpo frío. Más peludo que Fermín, el tipo más peludo que jamás yo haya visto nunca, se acercaba encorvado a una velocidad prodigiosa. La cara, de ser la de la foto, estaba llena de pelo, lo que no ocultaba su horrible nariz hocicada. Y eso fue todo, porque cuando quise pasarle los prismáticos a Ramoncho, este silbó y su hermano echó a correr como alma que llevaba el diablo provocando la reacción esperada. La figura, que estaba casi debajo nuestro, pareció alzar sus picudas orejas y salió disparada tras Canuto, seguramente sin saber siquiera lo que tenía delante. Como ponerse a correr delante de una vaquilla: la vaquilla va a echar a correr detrás tuyo por puro instinto y eso fue lo que aquel bestiajo hizo, porque a esas alturas para mí tenía más de bestia que de persona.

Canuto corrió como un atleta. Parecía un rayo, zigzageando por aquel caminillo encharcado, como una culebrilla en el agua. Su perseguidor, que tenía una zancada poderosa, le recortaba la distancia, pero no le iba a llegar para dar con nuestro compañero antes de la marca. E ahí que la mala suerte entrara a cambiar los planes, de una forma fatal para nuestros intereses. Una hoja que se había transformado en instrumento divino, cayó a la altura de la marca sobre el suelo embarrado, sincronizada como un reloj suizo con la pisada de Canuto. El resbalón fue fatal, porque provocó que Canuto no pudiera saltar sobre la marca y se comiera de lleno el chivato, que funcionó a la perfección ensartando al pobre chico y reventándolo contra la pared. La bestia, ante aquello, frenó en seco y, de un salto poderoso, salió del pasillo natural por el lado del río, desapareciendo de nuestra vista. Ramoncho no esperó a nada, y aquello sellaría su destino, pero ¿acaso no hubiera hecho cualquiera lo mismo? Tras proferir un desgarrador grito de dolor, se escurrió por el tronco del árbol donde estaba encaramado sin importarle las ramas que le iban rasgando la piel, ni el colchón de piedras que lo esperaba debajo y, después del batacazo contra el suelo, corrió hacia su pobre hermano, cojeando y con los ojos hechos un humedal. No lo vio venir, y nosotros desde arriba, tampoco. Cuando estaba a menos de cinco metros de su hermano muerto, aquella terrorífica criatura –y digo bien, criatura, porque en aquel momento al menos a mí ya me había quedado claro que no podía tratarse de ningún hombre– volvió a entrar de un salto en el camino plantándose delante del pobre Ramoncho. Sin que pudiera reaccionar, sin que pudiera coger el rifle o el cuchillo, armado nada más que con una cara de tonto, que es la cara de tonto con la que la mayoría abandonan este mundo en tiempos de guerra, la bestia saltó sobre él y, agarrándolo por la cabeza, la arrancó como quien saca el corcho de una botella. No le dio tiempo ni a gritar. Pedraza, a mi izquierda, estaba blanco y yo, supongo, que debería tener un color parecido. En cualquier caso, ni aquella criatura se recreó en la matanza, ni nosotros hicimos la más mínima señal para que se planteara continuar descorchando otros troncos. En menos de un minuto, volvió a desaparecer por donde había venido, con otro prodigioso salto, portando consigo, en esta ocasión, su redondo trofeo.

Podían haber pasado tres, cuatro o diez mil horas, que Canuto no había movido un párpado ni yo tampoco. Así nos encontró la noche, encaramados a aquel árbol y sin gana ninguna de bajar, en el momento en el que conseguí armarme de valor y hablarle.

—Pedraza —dije entre susurros—. ¿Me oyes?

El muchacho farfullaba alguna plegaria con los ojos idos, por lo que tuve que insistirle un par de veces más hasta que finalmente me respondiera.

—Calla, por Dios. ¿Quieres que nos descubra? ¿No has visto cómo salta? Aquí no estamos protegidos.

—Para eso estás rezando, ¡joder! Para que no nos vea ni nos huela y para que podamos salir vivos de esta putada en la que nos ha metido nuestra mala suerte.

El chico siguió con lo suyo, sin muchas ganas de hablar, pero alguien tenía que poner sentido común a aquella situación si queríamos sobreponernos al terror y tener alguna posibilidad de contarlo.

—Tenemos que bajar, Pedraza.

—¿Pero tú estás de guasa? ¿Has visto lo mismo que yo?

—Tenemos que bajar y acabar con esa bestia o largarnos, pero no podemos quedarnos aquí.

—Es justo lo que tenemos que hacer, aguantar un día o dos más y así estar seguros de que se ha ido…

—Estamos en su coto privado, Julián. No se va a ir a ningún lado. Lo que tenemos que hacer es bajar y montar un plan para que le arranquemos nosotros la cabeza antes de perder la nuestra.

El silencio que siguió a aquella frase era el silencio del que sabe que discutir sobre algo que no tiene sentido no lleva a ningún lado. Parece una obviedad, pero cuando cualquiera que lea esto se pregunte cuánto tiempo ha malgastado en su vida con conversaciones absurdas, me entenderá.

El hecho es que, fuera por mis palabras o porque necesitaba verticalidad, Pedraza me siguió en el descenso cuando debía ser ya de madrugada. Sin coraje para encender un fuego con el que calentarnos en aquella fría noche, nos comimos las longanizas secas como piedras que recuperamos del cuerpo de Ramoncho y nos agazapamos tras un arbusto, juntos hasta casi abrazarnos, sin decir ni una sola palabra, con las escopetas cargadas.

Desperté de un duermevela de poco descanso, para encontrarme al beato con la cara y la camisa untadas en barro, en un aspecto más de mierda humana que de soldado.

—Pero ¿qué huevos, Pedraza?

—Toma —dijo mientras me pasaba un pegote de barro con la mano que parecía mierda de burro reciente. Mi cara debía ser un poema. Un poema de Merás, pero un poema al fin y al cabo.

—Creo que esa bestia tendrá difícil encontrarnos si nos cubrimos con esto. He estado pensando en que quizás nos encuentra porque nos huele…

Como „hombre precavido vale por dos“, que decía siempre también mi madre, y „más vale prevenir que curar“, que le replicaba mi padre, me unté de barro por la cara, que, como bien había yo interpretado en una primera instancia, era mierda, pero no de burra, sino de pato y otras aves, que estaba mezclada con la tierra casi en la misma proporción.

Así, como dos mierdas andantes, decidimos olvidarnos de acabar con nadie y poner rumbo a la base, porque si había que morir de un tiro por cobardes, mejor así que sin cabeza.

El invento de Pedraza le dio una confianza inusual hasta el punto de que el chico se sintiera invisible. Y digo bien, se sintiera y no „pareciera sentirse“, porque cuando a los diez minutos de emprender la marcha escuchamos unas ramas romperse, el cabo se quedó quieto como si fuera una planta, en vez de esconderse tras los arbustos de los laterales como yo hice. Así, quieto cual estatua petrificada, se encontró el cachorro Lainez a Pedraza frente a él, rompiéndole el frenético paso hasta dejarlo quieto. Desde mi posición, a escasos metros, era capaz de verlo todo y de contemplar, en esta ocasión a la perfección, a la bestia que había cambiado el rol de presa a cazador en un suspiro.

De cerca, la idea que me había formado en la cabeza sobre un hombre musculado y, hasta cierto punto deforme, se disolvió como sal en agua hirviendo. Aquello no era un hombre, sino la mezcla entre un perro y un hombre. O mejor dicho, un lobo. Lo que había interpretado como nariz exageradamente grande y picuda, era, efectivamente, un hocico del que colgaba una hilera de colmillos afilados que asustaban más que el que llevaba colgado yo del cinto. Las orejas, picudas, estaban en alto y ahora no cabía duda de que no tenían nada de humano ni de deformidad: eran así. La imagen tenebrosa, la regalaba el hecho de que estuviera poblado de pelo por todas partes, pareciendo un verdadero lobo gigante a dos patas, algo que la foto había rebajado con un rapado que quedaba claro que era antinatural para aquella criatura. Un lobo. Un hombre. Un „lykantrhop“.

Como una imponente estatua irreal, olfateaba a Pedraza que, cagado de miedo, había empezado a rezar una plegaria que fue subiendo de tono en su inconsciencia hasta que yo mismo fui capaz de escucharla. La bestia, como un perro rabioso, se abalanzó sobre él mordiéndole la yugular. El pobre muchacho no tuvo tiempo ni resuello para poder gritar siquiera. Aquella forma de atacar, que me recordó a los gigantescos mastines que protegían la finca de mis padres en mi niñez, me confirmaba que estaba ante un perro y el pensamiento, en lugar de asustarme, logró todo lo contrario.

„Tienes el don de hablar con los animales, Martincito. Tú les hablas, ellos te entienden. Tú les mandas, ellos te obedecen“. Las palabras de mi difunta madre se me vinieron a la cabeza como una especie de mensaje salvador cargado de esperanza. No podía huir. Esa bestia me daría caza al menor descuido. Solo me quedaba hacerle frente. Y para hacerle frente, no tenía nada más que la granada que le había cogido al descabezado Bonilla sin saber que iba a necesitarla tanto como entonces.

Con un plan muy poco pensado, me alcé de un brinco y asusté a la criatura que, a cuatro patas sobre los restos de Julián, seguía deleitándose con su carne.

„Chico, mira. Sabes que lo quieres. ¿Quién es mi chico? Mira lo que tengo para ti“.

La bestia, que no terminaba de entender lo que sucedía y puede que ni siquiera fuera capaz de hablar, no dejaba de mirarme por lo que tuve que poner más empeño y subir el tono, igual que hacía de joven con los viejos y agresivos mastines.

„¡Te he dicho que mires aquí! ¡Aquí!“. Clic. Su vista, como siempre sucedía cada vez que lo hacía, se quedó fija en mi mano, que moviéndose con suavidad de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, ejercía el efecto de péndulo hipnótico. Cuando Lainez, Lainer o como cojones se llamara aquel monstruo, empezó a mover la cabeza, sabía que lo tenía. Ya era mío. Quitando la anilla, con suavidad, aguanté un par de segundos para estar seguro, y me la jugué.

„Ve a por a ella chico. ¡Tráemela chico!“.

Tras arrojar la granada por encima de su cabeza, la bestia, de una manera inconsciente y empujada por su instinto, corrió como un perrillo tras aquel objeto que no había sido capaz de ver bien y, cogiéndolo con la boca, se giró para regalarme una sonrisa con la granada entre los dientes que correspondí, como siempre había hecho.

„Buen chico“.

Boom.

No quedó nada de Lainez, ni siquiera la foto del informe, que en las prisas por huir de allí ante la explosión y lo que podía traer el ruido, olvidé recuperar de la mochila de Pedraza. Sin ninguna prueba y después de lo que había pasado, decidí no regresar a la base. Tampoco nadie me echaría en falta en la reconquista de Brihuega, aunque puede que tuviera mi parte de mérito, y allí puse punto final a mi historia en el ejército, huyendo a Francia antes de que acabara la guerra, con miedo a los unos por desertor, y a los otros por rojo y republicano.

He leído muchas noticias que hablan de hombres lobo, de bestias, de extrañas muertes… y estoy seguro de que la camada de Lainez sigue viva, haciendo estragos entre los aliados. Quede aquí el legado de lo que vi y espero que pueda servir de algo.

Martín Novella.

***

B.J. Sal
Septiembre 2020

Todos los contenidos de esta web han sido registrados a través de SafeCreative

 

Microrrelato: El monje y la mula

 

Una mañana en que mi maestro y yo volvíamos del mercado nos encontramos con una multitud en el camino hacia el templo. La mula de un comerciante se había tumbado junto a su carro de madera y no quería moverse.

—Hay que azotarla —decía un ganadero de aspecto hosco.
—Necesita agua —señalaba una joven portando un cántaro.
—Está vieja —gritó un niño con malicia.

El monje se acercó hasta el animal y, tras un par de lentas caricias, le susurró algo al oído que ninguno de los presentes fuimos capaces de escuchar. Al cabo de unos instantes la mula, clavando las rodillas en el suelo, se alzó dispuesta a proseguir la marcha.

La gente comenzó a aplaudir mientras mi maestro, imperturbable, volvía al camino sin despedirse de nadie. Cuando me disponía a alcanzarlo, una mano tiró de mi brazo.

—¿Qué le ha dicho tu maestro? —preguntó la pequeña hija del comerciante.
—Mi maestro ha hecho un voto de silencio y jamás habla —respondí antes de salir disparado dejando plantada a la niña con su cara de asombro.

Aquella noche, al calor de la hoguera, mi curiosidad estalló.

—Maestro… ¿En verdad le ha dicho algo a la mula?

Riendo a través de sus astutos ojillos, el sabio cogió su cuenco lleno de agua y lo vertió sobre el fuego, consumiéndolo. Cuando la última de las ascuas se apagó, volvió a mirarme mientras señalaba el humo.

—No entiendo, maestro —dijo mi aprendiz con la misma frustración que sentí yo entonces.
—Un ganadero ante una bestia solo sabe azotar. La cantarera, que no maneja más que agua, cree que en ella está la respuesta a cualquier pregunta y el niño —prosiguió—, tan solo sabe burlarse en su ignorancia.

Los ojos del joven brillaron en ese momento igual que hicieran los míos hace ya tantos años.

—La mula no tenía ningún problema y tu maestro no le dijo nada —contestó—. El problema lo tenían los demás en el momento en que dejó de comportarse como ellos esperaban.
—Solo tú decides cuándo andas y cuándo paras, pequeño maestro —respondí a mi aprendiz mientras me sonreía orgulloso.

B.J. Sal
Septiembre 2020

Todos los contenidos de esta web han sido registrados a través de SafeCreative

 

jueves, 20 de agosto de 2020

Hackverso: un relato de ciencia-ficción

 

"Hacker no se hace, se nace".

Si tuviera que pagar una moneda por cada una de las ocasiones en que he escuchado esta frase lapidaria, ahora mismo sería completamente pobre. No es que tenga mucho dinero, la verdad sea dicha, pero desde luego de haber hecho ese trato a día de hoy no tendría ni un triste céntimo. Lo peor de todo es que a pesar de ser un mantra tantas veces repetido, no es en absoluto cierto: un hacker, como casi cualquier otra cosa en este mundo, se hace. Por supuesto que se hace. Pero claro, resulta muy fácil excusarnos con dones innatos para no tener que esforzarnos ni que dejarnos la piel en lograr algo tan difícil, porque para ser hacker, o mejor dicho, un buen hacker, hace falta sangre, sudor y un Amazonas de lágrimas. Hay veces que dos.

Yo empecé en esto a la tierna edad de cinco años. Cuando me dieron a elegir como regalo de cumpleaños entre un balón de fútbol, una consola de videojuegos o una mascota, dejé lo más claro que pude a todo aquel que me prestase un poco de atención que lo único que yo quería era jugar con el ordenador de papá. Papá, un contable incapaz de ver en su moderna computadora nada salvo una poderosa herramienta de trabajo, lejos de considerar mi petición como algo negativo, decidió regalarme una sonrisa comprando un pequeño Sinclair ZX Spectrum y fomentar así una afición que podía resultar beneficiosa para mí en el largo plazo. Además, aquel ordenador, absolutamente precioso con aquellos tonos negros y su característico arcoiris en la esquina inferior derecha del teclado, evitaba que pudiera romper el suyo. Win win.

El Spectrum llegó junto con una pequeña montaña de videojuegos que, a pesar de deslumbrarme en un primer momento como lo hubiera hecho con cualquier niño a esa edad, rápidamente perdieron todo el protagonismo a medida que yo me interesaba por desentrañar los misterios de la informática.

Siempre he creído que aprender un idioma nuevo es, en general y para la mayoría de la gente, un auténtico peñazo. Los que no sentimos pasión por la filología, lo único que buscamos en ese proceso es el resultado: poder comunicarnos y ser capaces de entender cosas que antes no eran más que un enigma. Y aquí estoy refiriéndome a los maravillosos años 80, cuando para ver la traducción de algo necesitabas un libraco a tu lado y hacer el esfuerzo de buscar cada palabra. Lo que decía: un rollazo abosluto. La programación, incorrectamente denominada a mi juicio como idioma o lenguaje no es, en realidad, ni lo uno ni lo otro, porque aunque como lenguaje te permite entender a una máquina, no te sirve para comunicarte con ella como lo hace un idioma. Para lo que te sirve es para gobernarla y ordenarle lo que tiene que hacer. Es lo más cerca que el ser humano puede estar de Dios creando vida, aunque esta no sea capaz aún de cobrar consciencia propia. O eso era lo que yo creía por aquel entonces.

Aquella magia, término que me parece más acertado que lenguaje, por medio de la cual se usan hechizos en lugar de frases, hizo que mi infancia y mi adolescencia se deslizasen entre mis dedos como un puñado de arena fina y que, cuando quise darme cuenta, mis 5 años eran 18 y el colegio se había transformado en universidad. Allí aprendí poco. Poco útil, quiero decir, porque claro que se aprenden muchas cosas estudiando una carrera, no quiero que se me entienda mal. Me refiero a que prácticamente nada de lo que descubrí en aquella época me sirvió nunca para perfeccionar mis habilidades. Como ya he explicado, hacker se hace, y para hacerse bien y desarrollar músculo, un hacker solo tiene que hacer una cosa: hackear. Cumpliendo siempre con todas mis obligaciones, el tiempo que quedaba para mí, que era sin duda una barbaridad, lo dedicaba a leer sobre hacking, estudiar nuevas técnicas y, por supuesto, intentar ponerlas en práctica. ¿Dónde está la gracia si no? Durante todos esos años, la cantidad de personas que he conocido del “mundillo”, o dicho para que suene de manera más elegante “subcultura hacker”, las puedo englobar en 3 tipos principales: el engreído, que solamente quiere presumir y que generalmente no sabe más que tres truquitos con los que impresionar a gente que no sabe de qué habla; el ególatra, que no busca nada más que posición dominante en la comunidad, por medio del prestigio y de la fama que un buen hack es capaz de proporcionar; el engreído y el ególatra no tienen nada de especial y se pueden encontrar, de una forma prácticamente idéntica, en cualquier otra disciplina; por último, la gran mayoría de ellos, los englobo en la figura del pionero. Ese tipo de personas que necesitan correr más lejos, subir más alto, volar más rápido… Esos individuos que, como decía, no saben vivir de otro modo que no sea pisando el acelerador al máximo en la carretera del desfiladero. Yo formo parte, con orgullo, de este último grupo.

Cuando uno empieza a hackear, lo hace trasteando y rompiendo lo que tiene más a mano: su propia “casa”. Hasta que no has descubierto todos los entresijos de tu ordenador, no surge la necesidad de abrir la puerta y visitar el barrio. Al menos así fue conmigo y puedo confirmar que con la mayoría de hackers reputados que conozco. Además, hay que entender una cosa, cuando yo era un niño, el barrio de Internet estaba todavía sin asfaltar por lo que, quisiéramos o no, los pre-hackers solo podíamos marear con nuestros propios equipos. Esto se convirtió, paradójimanete, en una fortaleza y es algo que se puede apreciar con suma facilidad en la actualidad: la gran mayoría de nuevos hackers no entienden el lenguaje de máquina ni tampoco han visto de cerca el código de un compilador. La “vieja guardia” llevamos de base una serie de conocimientos que hace que, de manera absolutamente objetiva, podamos aprender y dominar tan rápidamente cualquier tecnología por reciente que esta sea.

Pero aunque el proceso formativo pueda parecer tan interesante, quizás este sea un buen momento para empezar a hablar de la “chicha” del asunto. Lo interesante. Lo que llena titulares, páginas de Internet e incluso salas de cine: los hackeos. Como explicaba, dentro de la verdadera familia hacker compuesta por pioneros, igualmente se da una subdivisión que, una vez más, no es sino otra categorización que aplica a cualquier ámbito de la vida: el lobo blanco y el lobo negro. Luz y oscuridad. Ying y yang. El hacker activista e idealista que pretende cambiar el mundo y el hacker perverso que solamente busca su beneficio o, mucho peor, el caos y la destrucción. Me resulta difícil establecer porcentajes para esta clasificación porque hay mucho de ambos. A veces, incluso, hay un poquito de los dos en cada uno de nosotros aunque, finalmente, uno de los extremos venza al otro. Yo pertenezco al lado de la luz, lo que no significa que no me haya movido por las sombras y que, muchas veces, el deseo por llegar más allá me haya empujado a realizar acciones de las que, ahora mismo y en frío, me arrepiento profundamente. Y, como todos o la mayoría de nosotros, cuando llega el momento en que la puerta más tentadora se te pone delante, mal o bien dan igual: solamente quieres cruzarla. Para un hacker, esa puerta no es otra que las redes del Gobierno.

Como al fin y al cabo todos nos movemos por los mismos “bares” de la Deep web, nuestra comunidad acaba siendo un gran pueblo donde todo el mundo se conoce por mucho que esta haya crecido a lo largo de la última década. “Por sus obras los conoceréis”, dijo Jesucristo según San Mateo y yo no podría estar más de acuerdo con ello. Nuestros hacks son nuestra tarjeta de presentación, nuestro CV y nuestro carnet de identidad. Hablan por nosotros e, incluso, nos definen. Y nada mejor que compartir un hack con tus compinches, como quien le cuenta el último ligue a sus amigos. Así fue como, una noche cualquiera, aburrido y sin nada mejor que hacer, acabé en mi “bar” habitual en medio de una conversación que, sin saberlo, iba a cambiarlo todo.

La mayoría de noches, el foro donde nos juntábamos la crema y nata de la Deep Web no era más que un compendio de batallitas del abuelo aderezado con la dosis habitual de “a ver quién la tiene más larga”. En medio de aquel charco de gasolina la chispa solía prenderla, generalmente, la presencia de algún novato que, impresionado por el brillo de las insignias que representaban los afamados nicks allí presentes, intentaría por todos los medios llamar la atención proponiendo retos imposibles o describiendo hackeos de dudosa credibilidad. Aquella noche, el tema, no iba a ser diferente, aunque el resultado para mí acabaría siéndolo. Después de un par de cervezas y lejos de lo que es costumbre en mí, entré al trapo con un noob que consiguió exasperarme con su arrogancia. A pesar de dejarlo en ridículo describiendo lo absurdo de sus inventadas hazañas cibernéticas, el muchacho logró dar en la diana de mi amor propio al poner sobre el tablero mi tema tabú, que no era otro que el “Gobierno”. Espoleado por la rabia que me daba no poder replicarle, ya que era completamente cierto que me había mantenido siempre a una distancia prudencial de nada que oliese a Estado, lo que terminó por quebrarme fue el silencio. Mis reticencias a cruzar la línea que marca la gloria hacker eran conocidas por todos y esa fue la verdadera razón de que aquel silencio por parte de mis compañeros de travesía se transformara, en mi cabeza, en insultantes risas contenidas y desagradables cuchicheos virtuales, reforzando la creencia de que en el hacking no hay amigos sino compinches y que, en el fondo, no somos más que piratas unidos por la búsqueda del tesoro de turno y no por el mando de ningún gran capitán o una causa mayor.

Aquella noche decidí que nunca nadie podría volver jamás a llamarme cobarde por no haber siquiera intentado coronar el Everest de los hackers. Mis reparos no se debían a la falta de recursos técnicos ni a mi seguridad en que, si de verdad me lo proponía, podía colarme en cualquier departamento del Gobierno. Era una cuestión de “prudencia” ya que, por lo que yo había vivido y como se recitaba en la comunidad, uno de cada cuatro de los que intentaban entrar o lo conseguían, acababan siendo cazados y procesados. Las consecuencias y las condenas variaban mucho dependiendo del objetivo del ataque y del impacto, pero lo que era seguro es que nadie se iba de rositas. Uno de cada cuatro. Igual que las probabilidades de morir intentando hacer cima en el Annapurna.

Impulsado por la temeridad que regala el alcohol, preparé el entorno enmascarando cualquier dato que pudiera vincular mi yo virtual con mi yo real e inicié el ascenso hacia aquel ochomil desde el campamento base de mi habitación conectándome, desbordado por una arrogancia absolutamente inusual, a la web del departamento de Seguridad Nacional. Superar la primera barrera que puede resultar lo más difícil para la mano inexperta no tiene ningún misterio para un hacker de pura cepa. La cantidad de vulnerabilidades que aparecen diariamente en las aplicaciones genéricas que usan todas las webs, incluidas las del Gobierno, hace que pasar esa primera puerta resulte siempre más laborioso que complicado. Una vez dentro del primer anillo es donde se ponen a prueba tanto la pericia como la verdadera resolución, ya que a partir de ese momento casi todo lo que un hacker encuentra es código fuente dedicado, es decir, programación específica para la que no existen soluciones genéricas y que requiere, por tanto, de un análisis exhaustivo en el momento que puede no llevar a ningún lado. La emoción la pone el hecho de saber que una vez penetras esa primera barrera, una especie de temporizador virtual pende sobre tu cabeza cual espada de Damocles, ya que todos los sistemas de seguridad van a detectar tu presencia y se van a dedicar tanto a boicotearte como a intentar desenmascararte. Ese es el riesgo. Ese es el reto. Ese es el chute de adrenalina que tanto seduce y que resulta ser la perdición de tantos hackers. De uno de cada cuatro, para ser exactos.

Después de unos tensos veinte minutos, empezaba por fin a encontrarle las costuras al servidor de correo que había establecido como objetivo de mi ataque. Si era capaz de enviar un email desde la cuenta del Presidente a todos los compinches que habían presenciado cómo aquel novato me había arrojado el guante, no habría laurel en todo Internet para confeccionar mi corona. Completamente desatado y con un nivel de inspiración desconocido, empecé a cortar barreras como si usara un cuchillo caliente sobre mantequilla. Cuando logré romper ese segundo anillo, haciéndome owner del servidor, fue cuando llegó la sorpresa. Una ventana de diálogo de una aplicación desconocida, surgió de la nada haciendo pop-up en mi pantalla. Acto seguido, un flujo de caracteres comenzó a aparecer por mi extremo del tubo de comunicación que había aparecido allí como por arte de magia, juntándose en una serie de palabras a las que me costó reaccionar. La conversación que aquí transcribo no es fiel sino exacta, grabada a fuego en mi cabeza a fuego como hierro candente marcando ganado.

El hecho de que conociera mi alias no era ninguna sorpresa a esas alturas: el tipo había logrado no solo meterse en mi ordenador, sino interrumpirme en mitad de un ataque. Seguramente ese hacker tenía control total sobre mi dispositivo. En cualquier caso, yo seguía sin saber qué decir, lo que no supuso problemas a aquel extraño para seguir intentando establecer contacto.

De todo mi entorno, solo el bueno de Jup1t3r habría sido capaz de romper mis defensas sin hacer saltar ni una sola alarma. Con su aura de Gandalf, Jup era el hacker de mayor edad del grupo y aquel viejo rockero sabía más por viejo que por diablo. Hubiera sido de todo menos una sorpresa.

Aquel desliz, en caso de que no fuera algo premeditado, dejaba claro que aquel extraño era alguien de mi círculo cercano. Nadie de fuera de él hubiera osado utilizar esa confianza para referirse a Jup1t3r.

Su discurso sirvió para traerme de nuevo a la mente la cuenta atrás y el riesgo de quedarme allí atrapado. No quería ser ese uno de cada cuatro. Recordé por qué había entrado en un primer momento y, tras minimizar la pantalla, volví al punto en que lo había dejado antes de su interrupción: a un par de comandos de acceder finalmente al servidor. Cuando me disponía a teclearlos, la ventana de diálogo volvió a apoderarse del foco.

Aquellas palabras sobre mi padre lograron su objetivo, paralizándome por un instante que el molesto extraño aprovechó para intentar asestar el golpe definitivo y que saliera de allí tal y como sugería.

La ráfaga de preguntas salió disparada de manera casi involuntaria. Pensar en la muerte de mi padre, que por su enfermedad podía llegar en cualquier momento, había logrado desestabilizarme emocionalmente y disipar cualquier vestigio de excitación fruto del alcohol. En palabras vulgares, me había bajado el pedo de un soplido. Y, como no podía ser de otra manera, la borrachera estaba a un paso de transformarse en ira.

El silencio que siguió a aquellas palabras fue breve pero asfixiante. Me sentía completamente aturdido por aquella persona que sabía usar las palabras precisas para captar mi atención. Sin duda me conocía bien.

Insistí por última vez, rezando porque sea una broma y prediciendo la respuesta. Esa forma de hablar…

Un led rojo encendiéndose en la pantalla indicó que alguien estaba tratando de acceder al router.

Tras esas palabras y ante la prueba evidente de que los dispositivos de seguridad se me echaban encima, decidí desconectar haciendo caso a aquel extraño al que me costaba, y aún cuesta, llamar usando otra palabra. Si todo fue una broma, alguien se había esforzado en darle una magnitud grandiosa cuando, al cabo de unos minutos, un repartidor llamó a la puerta para dejarme un paquete. La posibilidad de que alguien del cibermundo hubiera conseguido mi perfil real era tan ínfima como preocupante, aunque el shock en el que todavía me encontraba no me permitió valorarlo. Cerré la puerta y abrí el paquete, que no llevaba remitente, dispuesto a ponerle fin a aquel disparate y acostarme antes de que el creciente dolor de cabeza lo convirtiera en labor imposible. El envoltorio, no mayor que un folio, era ligero y ancho. Al meter mis dedos en busca del contenido, el tacto me hizo reconocer de qué se trataba solo unos segundos antes de que mi olfato lo confirmase merced al aroma a papel antiguo y tinta que invadió inmediatamente la habitación. Saqué el viejo periódico gastado y, con calma, me dirigí a la mesa donde, tras coger asiento, lo extendí completamente sobre ella. Se trataba de un ejemplar del Sunlight letter que parecía tener lo menos veinte años. El color amarillento de las hojas y el olor a viejo confirmaban la teoría. La fecha, redondeada con un bolígrafo negro me produjo un escalofrío: 5 de Noviembre de 2023. Esa nefasta noche, allí sentado, yo todavía seguía viviendo en el 4 de Noviembre. Abrí el periódico de manera inconsciente por la hoja con la esquina superior derecha doblada a modo de marca. En una pequeño espacio sin mucha relevancia, un nuevo redondel negro atrajo mi vista hacia el titular. Un hombre con mi edad y mis iniciales había sido arrestado después de enviar una serie de emails desde la cuenta del presidente del gobierno. Según parecía, la broma se había ido de las manos ya que con aquellos correos se envió un borrador al primer ministro chino cancelando un acuerdo comercial que iba a suponer más de cien mil millones en pérdidas para el Estado.

Quince años después de aquel incidente puedo confirmar que a la mañana siguiente, la del 5 de Noviembre, no insistí en mi deseo de coronar ningún Everest, Annapurna ni ningún otro ochomil virtual, que finalmente no arruiné mi vida yendo a ninguna cárcel y que tampoco me suicidé. Al menos por ahora. El Sunlight letter, que no pude evitar comprar en cuanto abrieron los comercios, resultó ser una copia, palabra por palabra, del ejemplar que había recibido por correo con la excepción de aquella noticia subrayada. Nada ha vuelto a ser igual para mí desde aquel entonces hasta el punto de que no he sido capaz de volver a hackear ni de mirar la vida del mismo modo… y no ha pasado ni un solo momento desde aquella terrible noche en que no haya intentado entender lo que sucedió ni tampoco volver insistentemente a intentar establecer contacto. Por ahora sigo sin respuestas. Supongo que ese J4nus desconocía, desde su salto de plano, que no enviar esa serie de correos, pero sobre todo conocerlo, iba también a joderme la vida, aunque de una forma distinta.

Agosto, 2020
B.J. Sal

Todos los contenidos de esta web han sido registrados a través de SafeCreative

jueves, 30 de julio de 2020

Relato: 8 minutos

 

A raíz de la propuesta "escribe un relato de 500 palabras en el que al fin del mundo le quedan 8 minutos por llegar" de la web metalobscura, salieron estas letras apocalípticas.

Meterse en la piel de alguien que está presenciando el fin de todas las cosas es un poco angustiante, pero una experiencia que como escritor gusta afrontar.

Aquí va. Como siempre, espero que os guste y muchas gracias por leer y compartir.

Un led intermitente consiguió traerlo de vuelta de una ensoñación que había durado lo que tardó en enfriarse el café recién hecho en la taza sobre su mesa. Un led verde de uno de los paneles superiores, desconocido hasta aquel momento, que parpadeaba con virulencia sin emitir ruido alguno. Sacando un pesado manual de color naranja de la estantería que dejó una estela de polvo en el aire, y tras ojear el índice, movió las hojas con agilidad hasta parar en una sección que necesitó revisar varias veces con expresión de incredulidad. En un movimiento felino, giró sobre su silla hasta colocarse en la mesa a su espalda donde tecleó una serie de comandos en el terminal de color marfil acoplado sobre ella. A los pocos segundos, un estridente sonido de maquinaria que llevaba mucho tiempo sin escuchar terminó por despertarlo del todo. Los chirridos metálicos que ubicaban el telescopio según dictaban las nuevas coordenadas testificaban que aquellos desplazamientos no eran muy comunes considerando que a lo largo de los últimos diez años todos los movimientos ejecutados eran prácticamente milimétricos al haber centrado su estudio en el cinturón de asteroides más allá de Marte.

Frotándose las rodillas nervioso mientras esperaba a que terminara de completarse la re-colocación, aprovechó los últimos segundos para limpiarse las gafas con el borde de su bata blanca de científico mientras reflexionaba. ¿Cuántas veces había escrito solicitando una revisión del protocolo anti-asteroides? ¿Cuántas veces le habían ignorado? ¿Cuántas conferencias había dado en la última década sobre la incapacidad para reaccionar ante una amenaza de impacto, tan probable por otro lado que resultaba incomprensible la rapidez con que cualquier gobierno les despachaba? Ni siquiera la todopoderosa NASA dedicaba los recursos necesarios a ese ámbito, más preocupados tanto chinos como rusos como americanos por tareas de conquista que por las de supervivencia. Poner los pies en Marte o volver a hollar la Luna eran sin duda grandes hitos…  siempre y cuando quedase alguien en la Tierra para verlo.

El sonido cesó de golpe y un led amarillo le indicó que el telescopio había sido satisfactoriamente re-configurado. Dejando de lado sus preguntas sin respuesta, una nueva serie de comandos arrancó una aplicación que mostraba una pantalla completamente en negro. Sintió innecesario comprobar las coordenadas pero aún así lo hizo. Eran correctas. Después de un minuto sin ningún cambio y reprimiendo la tentación de darle unas palmadas al monitor en un gesto tan arcaico como inútil, decidió subir las pequeñas escaleras metálicas que llevaban a la plataforma superior con un nudo en el estómago y la sensación de que el ordenador no había fallado. Unos golpes descoordinados en el techo que más que lluvia parecían ser granizo terminaron de poner una nota extra de misterio a la sinfonía ya que se encontraban a primeros de Junio y llevaba sin llover algo más de dos meses.

Sus ojos sobre el visor del telescopio confirmaron que, efectivamente, donde debía estar el sol quedaba solamente oscuridad. La luz que entraba por las ventanas y parecía querer cuestionar lo que tanto la tecnología como sus sentidos habían comprobado, pertenecía a los últimos rayos de la humanidad. ¿Qué quedaba hasta que llegase el último de ellos? ¿Tres minutos más? ¿Cuatro a lo sumo?

Tras bajar de nuevo la escalinata donde se ubicaba el telescopio, se dirigió a la puerta de la estación en la que llevaba trabajando desde que entrase como becario al terminar su doctorado hasta llegar a convertirse en el director de aquella modesta base. Ignorando el extraño ruido de granizo que no había cesado alcanzó la puerta roja de hierro con la intención de contemplar los últimos momentos antes del fin del mundo. ¿Cuánto podía sobrevivir el ser humano sin la luz solar? ¿Cómo iba a gestionarse el caos generado? ¿Cuál podía ser el impacto medioambiental en cuestión de segundos?

En completo shock y sin que los caballos de la ansiedad hubieran llegado a desbocarse giró el pestillo para comprobar que aún quedaba luz y que no llovía ni granizaba. Según se mirase, claro. Sobre el prado en aquel pequeño cerro junto al mar, una alfombra de pájaros muertos, unos sobre otros, no dejaba ver el suelo en aquel macabro collage formado por todas las especies de la zona. Sobre la pequeña bahía que daba acceso al mar, una mancha indefinida de peces muertos flotando en la superficie completaba la tétrica visión.

¿Un minuto? ¿Quizás dos?

Volviendo sobre sus pasos, se dirigió con ritmo lento de nuevo a su mesa de donde sacó una pequeña caja metálica con un papel que rezaba “protocolo anti colisión”.

Justo en el momento en que el último rayo de luz tocaba la tierra antes de la noche del fin de los tiempos, el sonido de un disparo resonó como si de la primera trompeta del apocalipsis se tratara.

Todos los contenidos de esta web han sido registrados a través de SafeCreative

domingo, 17 de mayo de 2020

Cntrl: Capítulo 1

Este es el primer capítulo de mi libro CNTRL disponible en Amazon tanto en tapa blanda como en formato electrónico que podréis además encontrar completo o dividido en sus 3 partes a un precio más asequible. Toda la información y los enlaces los encontráis en el link sobre la imagen:

Espero que te guste y que me comentes lo que te parece.

Capítulo 1

La redacción bullía en lo que parecía ser un día sin fin desde que diez meses atrás dimitiera de su cargo el cuadragésimo noveno presidente de la república. Aunque muchos medios calificaron aquella retirada como forzada, sugiriendo un complot tras el inesperado y abrupto giro político que el líder había tomado en sus últimos momentos, ese no fue el caso de aquel periódico que siempre había intentado vivir ajeno a cualquier tipo de sensacionalismo. Si las razones tuvieron un tinte oscuro o no, lo único que la población supo de manera oficial sobre la insólita salida es que se había justificado por un problema de salud del que no se dieron muchos detalles y del que no había tampoco por qué recelar a pesar de la ausencia de declaraciones al respecto o de un discurso de despedida. Cuando el vicepresidente, que pasó a ser presidente en funciones, dimitió también sin que se hubiera cumplido ni siquiera un mes desde su nombramiento y tan solo unos días después de que, de un modo sorprendente, respaldara la insólita actitud crítica de su predecesor justo antes de que decidiera salirse de escena, la estupefacción general provocó que casi todos los medios comenzaran a hacerse eco de enrevesadas teorías conspirativas. Si bien la mayoría eran auténticos disparates alimentados por las declaraciones de los miembros de la oposición, para lo único que sirvieron fue para entretener al público durante unas semanas hablando de la vida privada de los dos expresidentes. Su partido, históricamente caracterizado por contar con un claro sesgo conservador, llevaba algo más de diecinueve años asentado en el poder de forma estable y seguía siendo el claro favorito para repetir mandato, según todas las encuestas, en las elecciones que tendrían lugar en algo más de seis meses. Aquella nueva dimisión provocaría unas elecciones anticipadas y una campaña marcada por las preguntas sin respuesta sobre las dos recientes, a la par que extrañas, defunciones políticas. A pesar del ruido y de la agresividad, tanto de sus rivales como de los medios afines a estos, a nadie le sorprendió que el nuevo candidato del partido conservador lograse la presidencia por una amplia mayoría basándose en un discurso que apelaba a los valores tradicionales que los dos hombres del momento habían puesto en duda con sus inexplicables últimas declaraciones.

La crisis interna que habían originado ambos presidentes cuestionando la dirección política, no solo del partido sino de todo el país, al reivindicar enérgicamente la ecología como nuevo pilar y eje de cualquier decisión futura, declarar una persecución sin tregua a todo tipo de corrupción o anunciar un paquete de medidas sociales sin precedentes, fue rápidamente acallada por múltiples declaraciones que se dedicaron a dar un sentido distinto a las palabras que ambos expresidentes manifestaron en sus últimas apariciones públicas. El aspecto más demagógico y siniestro de la política se hizo presente entonces para hablar y tratar de convencer a la población sobre el significado de la ecología en su partido y en el futuro de la nación, la importancia capital que esta tenía en sus medidas fundamentales, sobre la notable disminución de la corrupción desde que aquel partido tomase el poder o sobre la irresponsabilidad de hacer frente a las iniciativas sociales mencionadas. Palabras vacías. Algunos periódicos con una línea editorial tendenciosamente progresista quisieron castigar aquel ejercicio de hipocresía para con los ciudadanos, provocando el contragolpe inmediato de los medios del bando contrario en la eterna guerra que libraban. La objetividad e imparcialidad al servicio de la nación se habían ido juntas de viaje hacía muchos años y nadie las esperaba ya, aunque quizás lo peor fuera no ya que nadie las reclamase, sino que directamente nadie se acordara de ellas. Política y periodismo, dos actividades cuya esencia era el servicio público, perdidas en la búsqueda del relato y de la convicción a cualquier precio, incluida la mentira. Pero esto no era algo nuevo ni mucho menos sorprendente, y la población estaba acostumbrada a participar como un espectador de lujo, dormida, hastiada, dejándose seducir por los discursos que les entretuvieran a cada momento aun siendo el control de su opinión el objetivo principal.

Cuando a las pocas semanas de jurar su cargo el nuevo presidente anunció una rueda de prensa no planificada para transmitir un “importante mensaje” y compartir su “nueva visión sobre el futuro de la humanidad”, las alarmas se dispararon y todo el mundo que tuvo la oportunidad de verlo en la cuenta oficial de presidencia quedó estupefacto. La sorpresa fue aún mayor al comprobar que en menos de una hora cualquier rastro del anuncio en las redes sociales había desaparecido como si de una broma de mal gusto se tratase. El público nunca tuvo constancia de que los principales medios de comunicación del país habían sido contactados por el gobierno para solicitar que ningún periodista le diera relevancia al tema ni publicase noticia alguna sobre aquello, alegando motivos de estado y de seguridad nacional. El asunto se silenció tan rápido de cara a la opinión pública que, aunque la mayoría de periodistas habían sido testigos del singular suceso, la gran mayoría de gente no fue consciente en modo alguno de ello. Lo que todo el mundo sí vio fue cómo, a unas prudenciales dos semanas de completo aislamiento público, el portavoz del partido informaba en rueda de prensa extraordinaria de que el presidente dimitía del cargo de manera irrevocable por motivos personales que no fueron revelados y que él mismo se despediría de la ciudadanía más adelante. Aunque esa despedida no llegaría nunca, tampoco nadie insistió en ella cuando pasados unos meses y tras la designación de un nuevo presidente en funciones todo volviera a la normalidad. La búsqueda de la verdad detrás de aquella secuencia de extraños sucesos dejó de ser una prohibición enmascarada del gobierno para quedar enterrada bajo la imparable ola de la actualidad que barrió cualquier deseo de información. Ese era el signo de los tiempos, una incesante lluvia de estímulos que hacía obsoleto cualquier tema en cuestión de horas. Muchas veces, incluso de minutos. Ni siquiera la muerte del primero de aquellos tres presidentes reavivó ningún debate puesto que los motivos de salud por los cuales abandonara el cargo jamás se hicieron públicos. Prácticamente todos los medios ensalzaron una vida dedicada a su labor política y obviaron cualquier mención a aquellos extraños últimos momentos que pudieran inducir la pérdida de la razón fruto de los estragos de una desconocida enfermedad. La verdad quedaba supeditada a honrar la memoria de un hombre de estado que, dejando de lado las ideologías, había sido ante todo un político íntegro en sus más de cuarenta años de carrera.

El bullicio instalado en la redacción en los últimos meses dio paso de nuevo a la familiar rutina y el murmullo de agitación ante lo inexplicable mudó al típico ruido de la frenética actividad de un periódico en las horas previas al cierre de edición. En este escenario, Roland Sou garrapateaba trazos y palabras sin sentido en un viejo cuaderno, reclinado sobre su escritorio y haciendo tiempo hasta la hora de cierre. Había terminado su artículo durante la mañana y no tenía nada que hacer. Otro día en la oficina. Inmerso en sus pensamientos, un brusco empujón le sobresaltó haciéndole tirar su taza de café al suelo.

—¡Que te duermes, Sou!

—Vete a tomar por culo, Renan —respondió irritado tras dar un respingo—. ¿No tienes que escribir alguna gilipollez de las tuyas con las que corromper las mentes de los pobres incautos que tienen el mal gusto de leerte?

—¡No te pongas así, muchacho! Deberías haber visto las bromas que se gastaban a los periodistas que se quedaban dormidos en mis tiempos. Eso sí que te enfadaría de verdad. Pagaría por verlo.

El viejo periodista se agachó con la dificultad impuesta por una generosa barriga y recogió la taza mientras se reía con sorna de aquel joven con cara malhumorada.

—No dormía, estaba esperando al cierre —respondió Sou mientras ayudaba a incorporarse a su compañero.

—¿Ya terminaste tu artículo de hoy? ¡Madre mía con la prisa de la juventud! Dudo que fueras tan rápido escribiendo sobre actualidad política. Menudo chollo tenéis los de la sección de cultura. Cualquier día pido el cambio y así podré rascarme las pelotas o echarme una siesta antes del cierre sin tener al jefe respirando en mi cogote— dijo con una risita traviesa.

—Te acogeremos con los brazos abiertos, aunque dudo que disfrutases tanto como escribiendo sobre tu adorado partido —replicó el joven a la vez que empapaba unas servilletas sobre el charco de café en una moqueta cuyas manchas de todo tipo contaban una historia escrita durante años de trabajo incesante.

—Soy periodista, chaval. Que la alternativa sea una completa basura no me hace adorador de nadie —dijo Renan con tono serio, ofendido de que aquel joven cuestionase su imparcialidad.

—¿No son todos una basura?

—Hasta en el infierno hay clases, muchacho. No lo olvides.

—¿Acaso vas a decirme que el presidente y su partido no están manchados de mierda hasta las cejas? Estoy cansado de que el argumento definitivo sea siempre mirar el váter del vecino en vez de la mierda del tuyo —le respondió Sou mientras recogía las servilletas y las tiraba a la papelera junto a su mesa.

—Y para señalar mi incoherencia, uso un argumento incoherente, claro. Les acusas de estar manchados de mierda, pero soy yo quien mira el váter del vecino.

—No, Renan. Lo que te digo es que para mí no hay clases en el infierno y que yo no defiendo a nadie. Son todos de la misma calaña. Son dos váteres llenos de mierda.

—Bueno, bueno, no nos enfademos. Tampoco tenemos que estar de acuerdo, ¿no?

—Supongo que no. Desde luego no seré yo quien intente convencerte de nada. Ya tienes a la realidad cada día para eso. Sin ir más lejos, ¿qué fue de todo aquel asunto sobre las dimisiones? ¿En qué quedó aquello? ¿O piensas decirme que eso no huele mal?

Renan le observó asintiendo mientras contemplaba la ventana durante un segundo.

—Muchacho, la verdad es que eso huele fatal y no se me ocurre ni pensar en rebatirlo. Lo peor es que ni siquiera nosotros sabemos absolutamente nada de ello.

—Un amigo me dijo que conoce a uno de la policía científica que le contó que lo de la enfermedad era mentira. Que Meyers se suicidó.

—¿No se había suicidado a causa de la enfermedad? —replicó con ironía—. El amigo del amigo de un vecino que le dijo a mi portera… Ya sabes cómo sigue. No deberíamos caer en toda esa montaña de chorradas conspiranoicas sin sentido solo porque suenen interesantes. Si nosotros empezamos a dudar de todo, hasta de esas cosas, le estaríamos haciendo flaco favor a nuestra profesión —reflexionó Renan.

—¿Pero no deberíamos hacer precisamente eso, compañero? ¿No debemos dudar de todo hasta encontrar la verdad? —replicó Sou.

—Claro. Pero dudar hasta de la propia duda hace que uno viva en un monólogo de Shakespeare aunque, en este caso, me temo que sería en uno sin sentido muy lejos del gran Hamlet. No puedo negarte que todo ese asunto de los tres presidentes es algo sobre lo que no sabemos la verdad, pero de ahí a hablar de conspiraciones alienígenas hay un paso que yo no pienso dar.

—Qué más da. A nadie parece importarle un carajo ya todo eso. Y menos con nuevas elecciones en dos meses.

—Ley de vida, chico. El tiempo no se detiene y, por mucha mierda que haya ahí escondida, la verdad es que hay cosas más importantes ahora mismo.

—Esa es la trampa. Siempre aparecerá algo más importante que haga olvidar lo anterior y así pasa lo que pasa mientras nuestro país se va al garete. Elecciones. Porque claro, no podían aguantar con un presidente en funciones el resto de la legislatura y hacernos tragar con ello. Nueva campaña, un sinfín de noticias, informativos… Al menos el nuevo partido verde promete un poco de novedad por lo poco que he oído.

—¿Esos comunistas de mierda? —respondió verdaderamente irritado Renan—. Lo que nos faltaba ahora mismo con toda la inestabilidad política y la crisis que se nos viene. Un “comeplantas” en pañales del que nadie sabía nada hace dos días que canta las maravillas de vivir en el campo. Novedad, sí. ¡Ja! Siempre tiene que haber algún idiota populista dando un discurso contracorriente para completar el cuadro. ¿O acaso te crees que estos no buscan lo mismo? ¡Conseguir un escaño y vivir del cuento a costa de todos nosotros engañando a quien sea, eso es lo que buscan!

—La verdad es que no sigo atentamente la actualidad política, pero he oído que tiene bastantes seguidores.

—Cuatro capullos —dijo Renan—. Cuatro capullos sin trabajo que se creen que vamos a dejar las fábricas para irnos a plantar zanahorias.

—Ya me contarás qué te parece el candidato cuando lo entrevistes.

—¿Kine? Te lo puedo decir ya: un payaso. Y eso que ni siquiera ha empezado la campaña. Lo he calado mucho antes.

—¿Cuándo te ves con él?

—La semana que viene.

—Pagaría por verlo —dijo Sou mientras se reía con efusividad.

—¿Por qué no vienes conmigo? —le retó, irritado, el experimentado periodista—. Así podrás comprobar de primera mano que este viejo sabueso podrá tener muchas cosas jodidas, pero la nariz es algo que no le falla.

—Me encantaría, pero dudo que el jefe me dé permiso.

—Que le den al jefe. Yo puedo llevar a quien quiera de asistente. Asegúrate de tener tu artículo listo antes de que salgamos el próximo martes, y en vez de echarte la siesta podrás aprender un poco de periodismo.

—¿Por qué no? —dijo Sou sorprendido de sus propias ganas ante aquel disparate improvisado—. Sinceramente, la política me importa un bledo, pero la idea de ver cómo reaccionas ante lo que diga este tipo se me antoja bastante divertida. Trato hecho.

—Trato hecho, Sou. No te rajes. Ahora déjame un ratito que no todos tenemos la suerte de haber terminado el trabajo para hoy. ¡Pringao! —le gritó a modo de despedida antes de tirar el portalápices sobre la mesa y salir corriendo por el pasillo, riendo como un niño pequeño después de una travesura.

—Trato hecho, capullo —dijo Sou suspirando al mismo tiempo que recogía la mesa y miraba el reloj en la pared frontal encima del enorme logo del periódico.

Todavía quedaba una aburrida hora y media hasta el cierre.

—Necesito un hobby —dijo el joven en voz alta mientras se sentaba en su silla y cogía de nuevo el viejo cuaderno para retomar sus garabatos.



Todos los contenidos de esta web han sido registrados a través de SafeCreative

miércoles, 13 de mayo de 2020

The leftovers

 

Aunque soy un amante del cine y he visto miles de películas, algunas de ellas decenas de veces, nunca me ha gustado hacer reseñas ya que no domino ninguna de las técnicas que encierra la creación de una obra del séptimo arte. Puedo disfrutar de un buen guión, de una buena puesta en escena, de una buena interpretación, de una buena fotografía o de unos buenos efectos, pero sería incapaz de explicar, en la mayoría de los casos, por qué me ha gustado o por qué me gusta más una obra que otra y compararlas con escuadra y cartabón, ciñendome a la ciencia detrás del arte.

Consumo películas, series… de todo, y siempre me cohíbo de reseñar (a no ser que sea para hablar de otros aspectos, como en la entrada sobre Lovecraft en la que usé la película “The color out of space” para intentar reflexionar acerca del porqué resulta tan complicado adaptarlo al cine). A fin de cuentas, como siempre me digo, a nadie le importa mi opinión. Hoy rompo esa costumbre, no porque a alguien pueda interesarle mi opinión, sino porque una serie con tantas dosis de emoción me pide escribir algo, aunque solamente sea para decir por qué me ha gustado tanto.

Esta entrada tiene sobredosis de Spoilers, quedas avisado, lector.

He tenido que vencer muchos reparos para empezar a verla, un poco por mi pereza a la hora de embarcarme en nuevas series de ficción después de tantas decepciones, otro poco por las muchas críticas, que ahora por otra parte me parecen tan desacertadas, en las que sin llegar a “desrecomendar” advertían de la dificultad para arrancar con ella con una primera temporada de digestión difícil y un mucho porque el showrunner, el bueno de Damon Lindelof, ya me había generado sentimientos muy encontrados con la primera serie que odié y amé a partes iguales: “Lost”. El hecho es que, sin saber cómo ni por qué, hace menos de dos semanas decidí comenzar con el piloto y hace un par de días la terminaba, absolutamente encantado.

Si estás leyendo este párrafo asumo que o bien la has visto o bien te importa poco que te la reviente. Creo que un resumen de la serie es innecesario, pero quizás sí que sea importante mencionar la premisa de la que parte la serie para poder analizar el aspecto emocional subyacente en las 3 temporadas. Un día cualquiera, un catorce de Octubre, sin saber cómo un 2% de la población mundial desaparece. En un chasquido, la gente que estaba ahí deja de estar y en su lugar queda solo el vacío de su presencia. La primera decisión que toma la serie me parece tan valiente como acertada: no van a centrarse en qué ha sucedido ni por qué, sino que la serie va a describir el mundo después de ese evento y sus devastadoras consecuencias, con algo muy potente de fondo como es el hecho del duelo y la despedida.

El 2% de la población mundial ha desaparecido de una manera, en teoría, aleatoria y al igual que hay familias no afectadas, nos encontraremos con personajes que han perdido a todos los miembros de las suyas, habiendo quedado solos y, lo peor, sin poder cerrar ese dolor ya que no son capaces de saber si los “que se han ido” siguen vivos en otro lugar.

Obviando una banda sonora increíble, y una primera temporada colosal, en lo que todo el mundo coincide es en que, no habiendo una referencia de un libro para abarcar la segunda temporada, ya que habían agotado todo el material escrito en el que se basa para la primera, la idea y la puesta en práctica del tema central en el que se centra la segunda temporada y después la tercera, es posiblemente una de las mejores secuelas y ejercicios de interpretación del “después qué” de un libro jamás llevados a la pantalla.

A estas alturas de post me doy cuenta de que no quiero entrar en Spoilers, que no tiene sentido. La serie, como un “Lost” mejorado, lo que consigue es que en cada episodio te emociones y que, además, te emociones mucho, llegando a límites que pueden rozar las lágrimas, dependiendo del límite emocional de cada uno, en la tercera temporada.

El duelo, la superación, el propósito de nuestra vida, la muerte y por supuesto el amor. Mucho amor. Porque el final de la serie es un episodio que se aleja de la ficción y de las preguntas inquietantes sobre el qué ha pasado o el cómo y se centra en lo que realmente nos importa como seres humanos, el amor como eje central de nuestra existencia.

Si no la has visto, si has escuchado que es lenta, que la primera temporada es un filtro, confía en mí y dale una oportunidad. Si llevas tiempo buscando reírte de gente completamente loca, si necesitabas ver el sentido de la vida y qué es lo que importa, ponte a ver leftovers y comenta lo qué te ha parecido.


Todos los contenidos de esta web han sido registrados a través de SafeCreative